DE LOS PARTIDOS REFORMISTAS


  • Históricamente, todo partido, de este corte reformista, que ha apoyado pactar indiscriminadamente, incluso tímidamente, para imponer democracia y regeneración, con los adversarios políticos, ha tenido muy corta vida.
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El Partido Republicano Reformista nació en abril de 1912 en un banquete y homenaje a Melquíades Álvarez. En ese acto el político asturiano pronunció un discurso donde expuso que lo que pretendía era reorganizar a los republicanos históricos que coincidían con él y con Gumersindo de Azcárate, y que la formación tendría vocación de gobierno y sería reformista. En abril de 1916, con un intervalo de cinco meses, hasta las Generales el Partido Reformista fracasó. En vez de alternativa, se había quedado en comparsa.

gm/Marino de La Torre/Junio 2016

DE LOS PARTIDOS REFORMISTAS

Los pactos que se fraguaron después de las elecciones de mayo, en los que las derechas y las izquierdas, los teóricos regeneradores y los corruptos de siempre, los viejos y los nuevos partidos colocaron unos parches para apuntalar un sistema herido de muerte, son totalmente decepcionantes.

Ciudadanos pactó con los grandes partidos corrompidos y agotados, como el PP de la Gürtel y el PSOE de los ERE, no ha mucho tiempo adversarios a batir, bandera de su más “profundo” mensaje electoral, con el explícito fin de practicar reformas que la sociedad española estaba demandando a gritos: reactivación de derechos y servicios sociales recortados, austeridad, adelgazamiento de las administraciones y dureza contra la corrupción, entre otras muchas demagogias que pronto han empezado a descubrir.

Su incoherencia e incongruencia es casi total: Desde lejanas tierras catalanas, su “Sanedrín” tan pronto dicta el apoyo vital (con una cínica abstención como puesta en escena y unos pactos firmados y rubricados, como constancia fehaciente del hecho) para la izquierda en Andalucía, de manera implacable y rigurosa, como lo dicta para la derecha en Madrid y Guadalajara, por cierto al revés en Toledo, igual que en cientos de casos a lo largo de la geografía nacional, exigiendo siempre, pedagógicos y trasnochados avances sustanciales” hacia esa democracia, tan lejana, que ellos quieren proteger torpemente eliminando, por ejemplo, el municipio –primera célula democrática del Estado Democrático y de Derecho moderno- y Diputaciones –con doscientos años de servicio impecable a esas primeras células democráticas o municipios, que al fin y al cabo determinan la fortaleza del Estado, de cualquier Estado Democrático-. Crear un impuesto confiscatorio al ahorro familiar, entre otras lindezas, amparadas en la demandada idea de cambio y regeneración. La gente ya se ha dado cuenta pronto, con seguridad antes de las elecciones generales de que, por donde ha pasado Ciudadanos no se han notado las mejoras en justicia social, limpieza y democracia.

Lo más deplorable, para ellos y sus pupilos, de esa labor justiciera de inquisitorial dictado, es que imponen los cambios, hasta de las personas, gratuitamente, a cambio de un inestable apoyo de gobierno, al manteniéndose fuera de los mismos, para así manejar chantajista y vilmente su coyuntural espada de Damocles y conservando toda la libertad para hacer fácilmente una política rastrera desde la oposición.

Ciudadanos, de manera despótica, está haciendo lo contrario de lo que prometió: pactar indiscriminadamente, para imponer “democracia y regeneración”, con los adversarios corruptos, contra los que su lucha ideológica, era, teóricamente, su razón de ser, su esencia doctrinal y su empeño democrático. En estos momentos, la labor de Ciudadanos constituye un impulso insensato y toda una desesperanza en la inquietante España.

Históricamente, todo partido, de este corte reformista, que ha apoyado pactar indiscriminadamente, incluso tímidamente, para imponer democracia y regeneración, con los adversarios políticos, ha tenido muy corta vida. Lo que representa Ciudadanos lo representaba ya hace un siglo el Partido Reformista de Melquiades Álvarez: una esperanza frente al bipartidismo, una oportunidad de superar la corrupción inherente a la alternancia de los grandes partidos, un cauce para una mayor participación en la vida pública, un elemento de movilización de los sectores más exigentes de la población. Abominaba de entenderse con el caduco partido que había extirpado de la conciencia pública casi todas las esperanzas. Tan caduco como el PP de Rajoy; tan “viejo” como el PSOE que vuelve a las andadas cuando surge.

La encrucijada de Ciudadanos es la misma que afrontaba el Partido Reformista hace cien años. La creciente frustración ante la inoperancia del insípido Eduardo Dato, sirvió al conde de Romanones, líder del añejo Partido Liberal, para hacer un canto de sirena a Melquiades Álvarez líder del Partido Reformista, es decir el Albert Rivera actual, ofreciéndole nada menos que “una colaboración entusiasta, apasionada, decidida, generosa, resuelta. Melquiades Álvarez rechazó con dignidad –como han hecho los dirigentes de Ciudadanos que no han ganado en las urnas- la cartera ministerial que se le ofreció. En abril de 1916, con un intervalo de cinco meses, hasta la Generales el Partido Reformista fracasó. En vez de alternativa, se había quedado en comparsa.

Parecido le pasó al CDS hace un cuarto de siglo. Adolfo Suárez cometió el mismo error que Melquiades Álvarez al prestarse a servir de apoyo del PSOE. Su pasteleo en el pleno del caso del hermano de Guerra fue el principio del fin de aquel antepenúltimo proyecto centrista en la política española.

Podría decirse que el penúltimo, la UPyD de Rosa Díez, está en vías de liquidación precisamente por lo contrario. Es preciso reconocer que en el juego de la política tan equivocado como pasarse es no llegar.

Si todo sigue igual, Ciudadanos tiene asegurado el fracaso y se diluirán con la misma rapidez que ha crecido. Se hubiera deseado concurrir a las elecciones generales impolutos, con la disposición, el propósito y la posibilidad de ganarlas, sin haberse inclinado a prestar unos interesado e indiscriminados apoyos, manteniéndose comodamente fuera de los mismos.

Ahora solo queda asistir a una batalla electoral donde el miedo es el gran protagonista y en la que se va a dilucidar si los españoles temen más a la izquierda, complementada con nuevos políticos sin corbata y con greñas, o a la derecha pendiente de refundación, incluso a Ciudadanos.

Guadalajara, Julio de 2016

Por. Marino de La Torre López

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